¿Por qué he tardado tanto en viajar al Uruguay?. Sí hubiera sabido lo que me esperaba, a estas alturas ya habría contabilizado varias visitas. En este pequeño país al otro lado del Atlántico me he encontrado una gran familia, humanidad y cultura. Playas infinitas con ballenas, lobos de mar y delfines. Faros e historias de naufragios. Pocos habitantes, tranquilidad, un interior con grandes estancias en donde pasta apaciblemente el ganado. Noches estrelladas sin contaminación lumínica, atardeceres naranjas y una inmensa luna llena.
Durante estos 23 días del mes de julio en Uruguay no he visto turistas europeos e incluso me confundían con un paisano más. ¡Cuánto me gustaba mezclarme con sus gentes en Montevideo!. Subir a los ómnibus, caminar por sus larguísimas calles arboladas, compartir dulces en los parques los fines de semana. Pasear kilómetros y kilómetros por la Rambla siguiendo el curso del río de la Plata. Meterme en la vida cotidiana en una ciudad tan alejada de mi ciudad y de vi vida rutinaria. Unos ciudadanos que sobreviven con un cuarto de nuestro sueldo y con el petróleo al mismo precio que en estas latitudes. Una sociedad culta, amable y preparada que le cuesta llegar a final de mes. Sin ningún tipo de derroche, con aprecio a todo lo que es básico. Comparado, nuestra sociedad es un despilfarro, somos como estúpidos nuevos ricos. Un insulto a un planeta que no se sostiene.
El viaje transcurrió por Montevideo en donde nos esperaba el abrazo de la numerosa familia Lejarzegi. La inabarcable costa, con Punta Ballena, Rocha, la Paloma, Cabo Polonio, La Pedrera… Varios días en una estancia ganadera y, además, el cruce del río de la Plata para callejear por Buenos Aires.
Tanto sentimiento te hace llorar. Tanta reflexión te funde el cerebro. Tanta sencillez y belleza te sublima. Gracias Uruguay. Chau al Uruguay. Volveremos.
Deja un comentario