Ana Maria Briongos, escritora catalana de viajes, le he entrevistado en numerosas ocasiones a través de los años. De ella aprendí mucho de la cultura persa y de países como Afganistán e Irán. Siempre atenta, ha ofrecido momentos muy emocionantes con sus intervenciones en los programas de Radio Euskadi Levando anclas y La casa de la palabra. La última entrevista se la hice para la revista Bidaiari en mayo 2024. Unas semanas después fallecía por enfermedad. Todavía siento que no se ha ido. Aquí va el texto del reportaje.

Ana María Briongos (Barcelona, 1946) es una de las escritoras orientalistas más reconocidas. Es pionera como mujer viajera en solitario. En diciembre de 1968 huyó de la España franquista dirección hacia la India siguiendo la ruta hippy en boga en aquella época de rebeldía juvenil. Quería encontrar un lugar donde nadie pudiera encontrarla. Se movió con poco dinero y sin saber cuándo regresaría.
Embarcó en Barcelona rumbo a Beirut, continuó en autobús a Damasco, Bagdad, Teherán y cuando llegó a Kandahar se quedó. Fue acogida por el clan Mohammadzaí que, como manda la costumbre pastún, le protegía.

Ana María Briongos en Irán después de la revolución de los ayatolás.
Volvió en varias ocasiones por tierra de Barcelona a Afganistán. Le cautivó el idioma farsi. Estuvo becada por el gobierno del sha para aprender Lengua y Literatura persa en la Universidad de Teherán y, durante un periodo de casi una década, trabajó en Irán y Afganistán como asesora empresarial e intérprete. Es autora de libros de viajes sobre Afganistán (“Un invierno en Kandahar”), Irán (“La cueva de Alí Babá” y “Negro sobre negro”) y la India (“¡Esto es Calcuta!”). En los últimos tiempos ha residido varios meses al año en Berkeley donde viven su hija y dos nietos.

Ana María Briongos con sus amigas de Calcuta.
Su última obra es “Mi cuaderno morado. El viaje más largo” en el que combina relatos sobre la experiencia con sus vecinos en California, con retazos de su biografía: la época estudiantil combatiendo el franquismo, la relación con sus amigos artistas e intelectuales de la progresía catalana en la transición y las fantásticas historias vividas por una mujer en oriente.
¿Los caminos del mundo han sido para ti una escuela?
Me han servido para abrir la mente, el corazón, conocer gente muy diversa y darme cuenta que todos somos iguales, sufrimos por las mismas cosas y al final nos entendemos perfectamente entre nosotros más allá de los políticos y su vorágine.

Tu hija Anna es profesora de español en Berkeley donde vive con su marido y dos hijos. Tus visitas son por periodos de dos a tres meses estableciéndote en un estudio alquilado ¿Cómo te cambia la vida?
He sido una viajera que me ha gustado instalarme en un lugar y hacer vida de barrio conociendo a los vecinos, tenderos. De esta manera se crean redes que luego se intercalan unas con otras y perduran toda la vida. Me ha sucedido en Calcuta y en otros lugares de Afganistán, Irán y, últimamente, en California.
Llegué a Estados Unidos por razones familiares. Alquilé una habitación en una casa de la ciudad de Berkley. Comencé a conocer a los locales mientras tiraba del carrito del bebé. Se me abrió un mundo nuevo que nunca habría pensado que podía existir porque mi área geográfica ha sido Asia y Oriente Medio. De repente me encuentro en América, iniciando una nueva aventura que ha sido extraordinaria porque la gente que he conocido tiene mucho que ver con mi juventud, son gente de mi generación que lucharon por las mismas causas.
El movimiento libertario en el que participaste en Barcelona, ¿tenía relación con el movimiento hippie que se originó en San Francisco o Berkley?
Nos influyó el movimiento antibélico de la guerra del Vietnam y la reivindicación por los derechos de los negros con los Black Panther y otros.
Uno de tus vecinos, Pat, organizaba conciertos en el Fillmore Auditorium de San Francisco en la época dorada de Grateful Dead, Bob Dylan o Carlos Santana.
Fue road manager de estas grandes bandas. Cuando me contaba sus aventuras para mí era revivir una época porque fui seguidora de Grateful Dead y otros grupos californianos. Mis convecinos los tenían todavía muy presentes.
En tu barrio de Berkley las casas son las típicas norteamericanas con jardín. ¿Son muy individualistas, es difícil conseguir una amistad?
No hay rejas, ni vallas, pero como se te ocurra entrar en propiedad privada sin pedir permiso puedes salir mal parado.
Hacer un amigo es cuestión de tiempo. Yo he tenido la suerte en esta vida de ser rica no en dinero sino en tiempo. Paseaba día tras día e iba tejiendo relaciones. Si hubiera andado con prisas no habría tenido esa oportunidad.
¿Esta filosofía del viaje la adaptaste desde el principio, cuando te quedaste en Kandahar?
Me quedé en Kandahar a verlas venir. Tuve que relacionarme con la gente, crear amistades y complicidades que quedan de manera permanente. Las de Kandahar desaparecieron porque hubo una guerra brutal, pero las de Kabul continúan 50 años después. Todos están exiliados en el extranjero, pero nos seguimos visitando y queriendo.
En la época franquista no eras mayor de edad hasta los 21 años y como mujer dependías de la custodia paterna o en su caso la de un marido. ¿Cómo fue el proceso de liberarte como mujer, ser independiente y tomar un camino propio?
En aquel momento pensaba que las mujeres eran un poco cobardes por no lanzarse a tener una trayectoria propia. Escogí estudiar Física porque consideré que era impropia de una mujer. Yo era capaz de hacer esta carrera y lo conseguí, aunque no he ejercido gracias a que mi vida viajera fue más fascinante y le dediqué más tiempo.
La situación política de España en 1968 era agobiante, cerrada y triste. En la universidad expedientaban a los estudiantes y decidí poner espacio de por medio. Estaba al corriente de que muchos jóvenes iban hacia Oriente y me apunté a esta movida.
Fue un viaje iniciático muy agradable, interesante y potente. Cuando llegué a Afganistán me pareció el paraíso. Un lugar muy distinto a lo que había conocido, como volver 2000 años atrás. Me encontraba en Kandahar incomunicada sin que nadie me pudiera ver, ni criticar. Aprendí a ser paciente, a disfrutar de lo cercano y pequeño, de cada persona que se me acercaba. La cultura afgana me pareció extraordinaria, la manera de ver el mundo se salía de nuestra lógica cartesiana.
Paseaba por la ciudad y me familiaricé con las gentes del bazar. Iba a sus casas y me dejaban entrar en la zona de mujeres porque iba sola. Fue un lugar estupendo y acogedor para pasar el invierno.

El viaje hacia la India se retrasó mucho pues te metiste a fondo en la sociedad afgana e iraní hasta que decides pasar varias temporadas en Calcuta. En una de tus estancias te acompaña tu madre Luisa Guadayol con 85 años y elegiste los meses de febrero y marzo cuando el clima es más agradable en esta ciudad.
Tardé como 30 años en llegar a la India. Calcuta es la cuna de Rabindranath Tagore, Premio Nobel de literatura en 1913 y pedagogo. Fundó escuelas rurales que tuvieron su conexión con la Institución Libre de Enseñanza que hubo en España. Mi madre fue maestra, la lectura de Tagore durante la Guerra Civil le resultó de un gran alivio. Le llevé a Calcuta y pudo asistir a estas escuelas que se desarrollan debajo de un árbol al aire libre.
¿Qué lugar especial te gusta frecuentar en California?
Siempre que voy a San Francisco me paso por la librería City Lights en Colombus Avenue, un lugar de encuentro literario desde 1953 a la que hicieron célebre los escritores de la Beat Generation. A los 19 años descubrí a poetas como Allen Ginsbert, Jack Keouac, Gregory Corso, Diane di Prima y Lawrence Ferlingetti. Cuando abro su puerta me siento transportada a los tiempos que éramos jóvenes y bohemios.
A los pocos días de entregar en la redacción de Bidaiari esta entrevista recibí la noticia de que Ana María Briongos había fallecido de una breve enfermedad. En su recuerdo transcribo esta nota que dejo escrita en julio 2023 en el cuaderno de visitas del Encuentro de Viajeros y Escritores de Altafulla:
Los caminos del mundo son una escuela donde se templa el espíritu y se afianza la tolerancia y la solidaridad.
Se aprende a dar y a recibir, a mantener las puertas abiertas de la casa y el espíritu, y sobre todo a compartir.
Se aprende a disfrutar de lo poco, a valorar lo que se tiene, a ser feliz en la austeridad y a festejar la abundancia,
Se aprende a escuchar y a observar y se aprende también a querer.
Por eso he viajado yo desde mi juventud y por eso sigo y seguiré viajando mientras el cuerpo aguante.
Texto: Roge Blasco
Fotos: Archivo de Ana María Briongos.
La entrevista con Ana María Briongos para la revista Bidaiari se publico en septiembre 2024. La grabe con mi móvil el 27 mayo 2024. Podéis escuchar un extracto de la entrevista:


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