Sergio Anselmino ha llegado a la esencia del ser humano aislándose en un lugar extremo del planeta acompañado de fauna salvaje. Durante cuatro años y medio ha permanecido en una cabaña-refugio ubicada en Puerto Español, en bahía Aguirre, en la península Mitre en el extremo oriental de Tierra de Fuego. Es la América más austral, allá donde los Andes terminan desbordándose en acantilados marinos, a tan solo 900 kilómetros de la península Antártica. Durante este tiempo ha sido el único habitante permanente en estos confines sureños.
Sergio Anselmino (Argentina, 1978) a los 15 años se fue de casa, hasta los 19 años residió en la provincia de Córdoba y luego se trasladó a Mendoza, a los pies de los Andes donde vivió casi dos años. Se aficionó a la fotografía, al ciclismo y a la naturaleza.
Con 21 años llegó a Tierra de Fuego haciendo autostop durante más de tres semanas. Le llamó la atención el bosque junto al mar y el clima frío. Se instaló en Ushuaia y tuvo la oportunidad de trabajar en el parque nacional de Tierra de Fuego. Pasó un tiempo junto a un lago habituándose a los ciclos de la naturaleza y convirtiéndose en un amante de los senderos y montañas del entorno de Ushuaia. Hizo el curso de marino mercante y empezó a navegar en el Canal Beagle.

En abril de 2004 se propone explorar a pie la península Mitre. Le seduce la carencia de rutas señalizadas y la falta de habitantes. Hay pocas horas de luz, hace mucho frío y los ríos crecen de caudal de manera desmesurada. A pesar de tantas inconvenientes no puede reprimir su deseo. Este viaje le va a modificar su personalidad y vida.
Los desafíos son constantes exponiéndose a situaciones de riesgo, librándose de peligros inminentes más por suerte que por pericia. Camino a cabo Hall descubre unas cuevas de 160 metros de profundidad y posteriormente se entera de que eran desconocidas. La Federación Argentina de Espeleología registra estas cavidades con el nombre de “Anselmino”.

Cuando lleva casi dos semanas de caminata alcanza Puerto Español. Descansa durante tres días en una cabaña-refugio. Siente un hechizo y se enamora del lugar.
Después de 45 días desde que partiera de Ushuaia finaliza su travesía en la ciudad de Río Grande tras haber caminado casi 700 kilómetros. Con el esfuerzo adelgazó 20 kilos.
Repitió travesías y estancias en Puerto Español hasta que en 2014 se alejó de Tierra de Fuego para subirse a la bicicleta y durante algo menos de dos años pedaleó casi 20.000 kilómetros por Argentina, Chile, Uruguay, Brasil y Bolivia. Detiene su viaje en bicicleta y recorre en camión toda la costa oeste africana, desde Marruecos hasta Sudáfrica.
En 2011 se planteó dejar la sociedad moderna y aislarse en Puerto Español. Esta posibilidad se hizo realidad cuando el 13 de diciembre 2018 zarpa en un velero que le desembarca en este punto geográfico fuera de toda ruta civilizada.
Sergio Anselmino, sin ningún tipo de comunicación, en la soledad más absoluta, inicia una austera y sacrificada vida a merced de las inclemencias y los animales.

¿Cómo nos podías describir la península Mitre y el refugio de Puerto Español?
El territorio abarca 300.000 hectáreas. Hay zonas boscosas muy tupidas en donde avanzar se hace casi imposible, otras son más abiertas, hay humedales, lagunas, pozos de agua de mucha profundidad que se deben esquivar y lodo. En la costa hay grandes acantilados, playas de piedra y otras de arena. Es la última parte de la cordillera de los Andes, con grandes desniveles. Un gaucho, antiguo poblador de la zona, suele decir: “La península Mitre hay que vivirla, nadie la puede contar”.
A la difícil geografía hay que sumarle constantes cambios climáticos. Por la latitud no resulta extraño que pueda caer nieve en pleno verano. Es un lugar que enamora porque te hace volver al origen, en esa soledad se encuentra uno consigo mismo. Te expone a la naturaleza y te hace sentir insignificante pero cada jornada que superas te hace sentir más fuerte.
El refugio de Puerto Español se encuentra frente a una gran playa. Es un oasis en un desierto, te brinda la seguridad que necesitas en un lugar estratégico para el caminante o el navegante que llega por mar.

¿Qué te sedujo de la península Mitre cuando realizaste la primera expedición en 2004?
El estar muchos días sin ver a otra persona, el silencio, aunque el viento suena muy fuerte. Es pura supervivencia, se activan los sentidos que en la velocidad de la vida en la ciudad están bloqueados. Empiezas a entender el idioma de los árboles, las piedras y el mar.
En 2018 pasaste una noche en la cabaña-refugio de Puerto Español que se convirtió en la peor de tu vida ¿Qué sucedió para que esta experiencia tan al límite fuera el revulsivo que te llevó a aislarte definitivamente durante más de cuatro años en ella?
Desde 2011 sentía la necesidad de vivir un aislamiento en la cabaña de Puerto Español sin volver a la ciudad. Lo tuve que postergar, aunque lo visité varias veces con estancias de 15 días como máximo. En 2014 renuncio a mi forma de vida y doy prioridad a realizar los sueños que tenía pendiente por cumplir. Cruzo una partecita de Sudamérica en bicicleta y en abril 2018 hago una nueva caminata a la cabaña de Puerto Español. Se levantó un gran temporal. El viento cada vez soplaba más fuerte. A las 10 de la noche el recinto empieza a moverse. Tenía miedo de que fuera arrancada la cabaña. Era como si un gigante nos estuviera sacudiendo.
A eso de las 12 de la noche el instinto de supervivencia me avisa que debía de salir apresuradamente, pero siento que no debo abandonar pues estoy afligido por lo que sufre la cabaña. Pienso que si me voy el viento definitivamente la derrumbará.

Me había alojado unas 15 veces anteriormente, me ofreció resguardo y calor bajo su techo, ahora no le podía fallar. Me protegí bajo la mesa con la intención de resistir en lo que sin duda se convirtió en la peor noche de mi vida. Fuero casi 8 horas de soportar temblores, una especie de terremoto, por supuesto no pude dormir. Al amanecer amainó llegando la calma. Tomando un café decidí que debía establecerme para restaurar el refugio.
Puse en movimiento la idea de alejarme de la sociedad. Tenía la madurez suficiente para afrontar la soledad, el silencio, la naturaleza salvaje y dejar el confort. Volví con el deseo de estar tres meses y al final fueron cuatro años y medio motivado por la armonía, la energía de la naturaleza, los sonidos, colores y la paz. Curiosamente fue la peor noche de mi vida, pero han sido los cuatro años y medio años más lindos de mi vida.
Cuando desembarcaste en diciembre 2018 ya no había marcha atrás. ¿Cómo te fuiste acostumbrando a los demás seres vivos como los toros, caballos salvajes o zorros con los que tuviste amistad?
El primer día amanecí rodeado de gansos salvajes, unos 200 o 300, fue como algo mágico. Cada mes que pasaba los caballos se acercaban más al refugio. Me aceptaban, confiaban en mí, éramos como una familia hasta el punto que los potrillos nacían a 5 metros de la casa.
¿Te impusiste algunas normas para sobrevivir a este aislamiento tan severo?
Me embistió un toro en la playa aunque afortunadamente sin un desenlace fatal. Ahí entendí que debía imponerme unas reglas. Cualquier actuación relacionada con la seguridad tenia que estar muy medida, desde cortar leña con el hacha hasta pelar una papa. No me podía permitir ninguna clase de lesión. La carretera más cercana esta a 5 días de caminata y el hospital a 250 kilómetros.
Otra regla fundamental es la higiene. Cuando estás solo es fácil tirarse al abandono y esto psicológicamente perjudica mucho.
La tercera regla es que debía de ser sincero con mi permanecía allí. Si no estaba a gusto y feliz era mejor dejarlo.
Después de cuatro años y medio regresé sin haber tenido ningún accidente reseñable.

¿Fue una prueba superada cuando completaste las 4 estaciones el primer año?
Había vivido los cuatro ciclos del año y me encontraba fuerte y saludable. Había ganado en vista y olfato. Me sentía en armonía, paz, felicidad, libre y vivo haciendo lo que realmente quería hacer. No extrañaba la ciudad y tenía mucho trabajo por desarrollar. Era dueño del tiempo sin ninguna atadura. Muy agradecido con lo que tenía.
Le entreviste a Sergio Anselmino para la revista Bidaiari publicada en octubre 2024.
Texto: Roge Blasco


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